Me gustaría aprovechar este espacio para dejar plasmadas algunas conclusiones a las que llegué después de las visitas al CESAC.
En general, creo que la realidad con la que me encontré en la institución es diferente a lo que yo había imaginado cuando nos presentaron el Programa de Acciones Solidarias del colegio. Mis ideas previas eran sin dudas meros prejuicios, que se acercaban quizás en un aspecto a la realidad encontrada y se alejaban o no habían tenido en cuenta varios otros. A primera vista, sentí que no había tantas diferencias entre los chicos a los que daba clases y yo. Muchos eran alegres, venían con guardapolvo, hacían ruido, tenían sus cartucheras con muchas cosas, etc. Las diferencias las podías notar cuando empezabas a explicarles los temas de los que tenían dudas. En muchos casos, uno sentía que estaba hablando otro idioma. No descarto que esto pueda tener que ver con el simple hecho de que yo ya estaba en el anteúltimo año de secundaria y ellos, todavía en la primaria, pero al final concluí que no era esa la única razón. De alguna forma, parecían más tontos que nosotros a su edad. Parecía, como se dice acá en Argentina, que no les davala cabeza para hacer lo que la maestra les pedía. Les faltaban conceptos más básicos que los que necesitaban aprender. Recién después, en 2010, y con ayuda del profesor de sociología del colegio, logré atar varios cabos sueltos y entender que lo que les faltaba no era inteligencia, como te quieren hacer creer los que atacan la igualdad de oportunidades, sino que carecían y habían carecido de más chicos de una educación eficiente y de calidad y que la vidas que les tocaban vivir no los ayudaban. Una enorme cantidad de factores, que iban desde la educación de los padres hasta el hecho de que por ahí comían solo una vez al día, habían creado a esos chicos.
¿Qué hice yo? Bueno, todo lo que estaba a mi alcance. Me armé de paciencia y los traté siempre con mucho cariño, me aprendí sus nombres, conocí un poco a los padres, me encargué de que siempre vinieran y se fueran con ellos y, por sobre todo, traté de ensañarles de la mejor forma posible para mí lo que necesitaban para entender los temas.
Los resultados fueron variados. En algunos casos, me logré dar cuenta que los chicos al final de las reuniones habían entendido lo que les había explicado, mientras que, en otras ocasiones, me fui de la institución seguro de que no había logrado hacerles entender los temas. Lo que no pude hacer por la falta de constancia de los chicos y por las interrupciones por feriados es trabajar con uno o dos chicos por un tiempo más prolongado. Con esto quiero decir que mis conclusiones sobre los resultados fueron siempre tema por tema y día por día. No pude saber nunca si un chico había logrado mejorar sus capacidades de comprensión y deducción a lo largo de la experiencia.
Mis sentimientos a lo largo del módulo fueron cambiantes. Normalmente venía con ganas, animado, aunque algo cansado porque siempre era a la tarde después de deporte, pero me solía ir con cierta frustración general por el nivel de los chicos y por lo que les costaba a veces entenderme y también con decepción con respecto a mí mismo porque no lograba que aprendieran bien. Creo, sin embargo, que a medida que pasó el tiempo, me empezó a costar menos todo el tema de organizarme mentalmente para explicarle a alguien una cuestión. Comenzaba de alguna manera a entrelazar las dudas puntuales con o conocimientos básicos que se necesitaban para entenderlas y así lograba realizar una explicación más completa del tema. Los resultados fueron de todas formas bastante desilusionantes, pero yo siento que ese fue un aprendizaje interesante que luego utilicé para explicarles un tema a mis propios compañeros de clase.
No sé si mi “paso” por la institución habrá dejado alguna marca duradera en los chicos. No lo creo, porque eran muy pocos los que alcanzaron cierta regularidad y tampoco es que el módulo fuera muy largo. Lo único que recuerdo que me regocijaba era el cariño que recibía de dos hermanas, una de cuarto y otra de quinto grado, que se sabían mi nombre y me saludaban contentas cuando llegaban. Creo que quizás a ellas las logré ayudar un poco, pero el consuelo no es reconfortante.
Si alguien tuviera que ir hoy al CESAC a ayudar a estos chicos, le diría que hiciera algunas de las siguientes cosas, que se me ocurrieron tiempo después:
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que les lleven algún incentivo para estudiar, como unos caramelos o chupetines, porque nosotros notábamos que venían con hambre y cansados después del doble turno de primaria y no tenían ganas de seguir estudiando.
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que se comuniquen con sus maestras de la primaria a través del cuaderno de comunicados para saber cuáles son los temas que le cuestan a cada uno y pedirle recomendaciones para poder ayudarlos mejor.
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que traten quizás de llevar de vez en cuando algunos juegos para que una vez por mes, en lugar de estudio haya juegos.
